El silencio es un cuerpo que cae: el combate sostenido entre las partes

Por Luciana Gallegos

Estos productos comunicativos han sido escritos por profesionales costarricenses que han participado en el Laboratorio de crítica cinematográfica del CRFIC. Las opiniones aquí reflejadas son exclusivas de los críticos y no necesariamente representan la posición del festival. 

“¿Qué cosa te parece a vos la más maravillosa de todo el mundo?” “Ver algo que nunca vi por primera vez” — La directora Agustina Comedi pregunta y su hijo, Luca, le responde, al final de El silencio es un cuerpo que cae

Una ceremonia escolar donde Agustina Comedi, como muchos otros niños que la rodean, es llamada para recoger un diploma. Luego, una ceremonia de premiación de Kalas, un grupo creado en Córdoba durante la década de los ochenta por aficionados al teatro (muchos de ellos hombres no heterosexuales) que —según una investigadora argentina, Ana Laura Reches— ”interpretaban canciones e imitaban a las estrellas del momento, sobre todo a Liza Minelli, que se convirtió en un ícono gay”. Videos de un viaje familiar de Agustina, a Marruecos, en 1993. Luego, fotos de un viaje de amigos del padre de Agustina, al mismo lugar, en 1985. Imágenes en movimiento de hombres en una construcción: hormigón, vigas, un martillo. Luego, una fiesta de una niña pequeña: pastel, juguetes, mucho rosado. A lo largo de El silencio es un cuerpo que cae —ópera prima de la guionista y directora argentina Agustina Comedi— vemos algunas épocas y facetas de, principalmente, dos vidas: la de ella y la de Jaime, su padre, quien murió en un accidente en 1999.

El impulso de escribir que el montaje del documental señala “contraposiciones” en la vida de Jaime me hace sentir que caigo en un lugar común. ¿Por qué enfatizar lo supuestamente “contrapuesto” de, por ejemplo, asistir a una ceremonia escolar o a una ceremonia de premiación en un bar gay? Mil matices pueden coexistir en un mismo hombre. Un marxista en Disney. Un hombre que, después de once años de relación con otro hombre, se casa con una mujer. Un socialista no heterosexual (en un entorno de creencias rígidas según las cuales “ser puto es una desviación burguesa”). Quizá la complejidad de las personas nunca deja de sorprendernos. “Tenés que pensar que tu viejo también, además de ser papá, fue hermano, primo, tío —dice una familiar de Agustina—. No es tan fácil”. 

Sin desatender esa complejidad, para realizar el documental la directora estudió las más de cien horas grabadas en videocasetera por su papá con una idea como guía principal: “mirar en él la educación en la heteronormatividad. Y ahí aparecieron cosas a borbotones. A partir de pensar el archivo en esa clave se ordenó lo que sí y lo que no era útil a la película”. La aproximación a la orientación sexual de Jaime es realizada desde varios ángulos, incluidas las conversaciones de sus familiares o amistades con Agustina. A veces se aborda con un vocabulario indirecto o abstracto de deseos escondidos o diferencias, y otras de manera más frontal: “Bueno, yo creo que lo que vos querés preguntar es esta historia sobre los temas de homosexualidad”. Cerca del final del largometraje, la directora-narradora relata que un psicólogo una vez le dijo a su papá que era posible “corregir” su orientación sexual, porque el nivel de homosexualidad en su sangre era alto, mas no absoluto. “Entonces, decía el psicólogo, la clave era el combate sostenido de esa parte hetero con la parte homo. Hetero mata homo. Todos contentos”. Más recientemente, continúa la narradora, una terapeuta le dijo a ella que la bisexualidad le impediría ser feliz. Mientras escuchamos estas palabras  —las cuales tienden lazos entre padre e hija así como entre ambos y su respectivo contexto—, vemos grabaciones de hombres montando a caballo en un pequeño rodeo. Inevitablemente, la biografía de Jaime se vincula con su ambiente político e histórico.

“Una película requiere hacer mucho trabajo y la unión de muchas voluntades —afirmó la directora—, así que producir cine en Argentina es casi una militancia afectiva”. Crear El silencio es un cuerpo que cae fue un proceso de años, incertidumbre (Comedi pensó en abandonar el proyecto muchas veces) y vulnerabilidad. En el emotivo documental resultante, en aspecto 4:3 con la excepción de una escena al final, el material “original” en ocasiones se presenta alterado: fragmentos de videos sin el audio correspondiente, con sonidos variados sobrepuestos; efectos visuales que simulan fallos técnicos en la grabación; una serie de fotos Polaroid sobre un fondo blanco. Además, a veces —ciertas escenas desenfocadas de niños forcejeando o jugando en un árbol, tomas de una mujer embarazada, entre otras— resulta difícil distinguir con certeza si un fragmento proviene del archivo de Jaime o es una grabación más reciente realizada por su hija. Esa ambigüedad contribuye al tono afectuoso del largometraje, una reunión de sensibilidades y deseos tanto personales como colectivos.

 

País: Argentina

Año: 2017

Título original: El silencio es un cuerpo que cae

Dirección: Agustina Comedi

Etiquetas: 
7CRFIC, Crítica