Long day’s journey into night. Sueño y evocación.

Por Yoshua Oviedo

Estos productos comunicativos han sido escritos por profesionales costarricenses que han
participado en el Laboratorio de crítica cinematográfica del CRFIC. Las opiniones aquí
reflejadas son exclusivas de los críticos y no necesariamente representan la posición del festival.

“Una poesía de verbos. No de adjetivos, de detalles. Una poesía medieval, sucia y dura, como
la de Villon y Chassignet (…) Una poesía de sangre, de sangre que surge de la tierra y que
corre frenéticamente en nuestras venas y se expande, inmensa”.

Pierre Rissient

Con 81 años, el legendario crítico de cine y curador francés Pierre Rissient describió asíLong Day’s Journey into Night (Bi Gan, 2018). Poco después moriría.

Con solo dos películas, el cineasta chino Bi Gan, de 29 años, se ha convertido en uno
de los nombres más prometedores del cine mundial. El argumento de este nuevo filme
es sencillo: tras la muerte de su padre, un hombre regresa a buscar a una mujer de su
pasado, pero encuentra a otra que puede ser, o no, a quien busca. Sin embargo, lo
interesante del filme es la manera en la que está contada la historia, los recursos
cinematográficos con la que construye un relato.

Al igual que en Kaili Blues (2015), el tiempo es el motor de la acción. En aquella
película, pasado, presente y futuro parecían coexistir y la trama se movía en los tres
tiempos con gran agilidad. En esta película, pasado y presente están en constante
intercambio. Además, el director reflexiona sobre el carácter real del recuerdo, de la
memoria.

Hay un constante cuestionamiento sobre la veracidad de la experiencia y se
problematiza a partir de la memoria y el cine. Para Bi Gan, la lógica de los sueños y de
la memoria es igual a la del cine, y está más cerca de la imitación, del engaño, de la
representación. Lo que se recuerda es tan fragmentado como las imágenes que
conforman una película y el soñar es tan evocador como el ver un filme.

En este sentido, el realizador plasma un universo cinematográfico impresionante, con
una estética que remite por momentos a Wong Kar-wai, principalmente por el uso de colores expresivos en sintonía con la emocionalidad de los personajes y el reencuadrar
las escenas; pero también habrá algún guiño a Tarkovski, cuando el protagonista se
encuentre en una habitación descuidada en la que el agua crea una sonoridad
cautivante.

Sin ser una referencia explícita, Gan también recurre a una técnica de Akira Kurosawa:
la utilización de elementos naturales para dotar de movimiento a lo que sucede dentro
del cuadro. Así, la lluvia, el humo, la luz, se conjugan para dar vitalidad a escenas en las
que la cámara suele estar estática o tiene un movimiento sutil.
Visual y argumentalmente la primera parte de Long Day’s Journey into Night funciona
como un neonoir. La ambientación y elementos claves de este subgénero se perciben
mientras Luo Hongwu (Jue Huan) trata de resolver el misterio que le impulsa a buscar a
Wan Qiwen (Wei Tang).

Escenarios desolados y nostálgicos, un protagonista taciturno, una esquiva femme fatale
que yace en la memoria, la voz en off, un arma, el hallazgo de una fotografía y la mafia,
configuran las coordinadas de ese misterio que, por el montaje, se narra tanto en el
pasado como en el presente, en un solo fluir, reflejo del estado mental de Luo, quien
empieza a rememorar, pero que, a la vez, duda de su recuerdo.

Conforme el protagonista se ve envuelto en el misterio, la película despliega el otro
elemento característico del cine de Bi Gan: el viaje. De esta manera, el tiempo funciona
como una coordenada y el viaje como otra, una de carácter espacial. Tanto en su
primer filme como en este, los personajes se trasladan. Hay un cuestionamiento sobre lo
preestablecido y ordenado, y frente a ello, la acción busca trascender, con viajes que se
realizan en varios momentos temporales simultáneamente, así como la urgencia de
encontrar un sentido existencial a partir del tránsito.

La noción de cambio está implícita en la idea del viaje. La condición física difiere, se
está en un lugar y luego en otro, la emocionalidad y psicología del protagonista
también varían de acuerdo al espacio y tiempo en el que se encuentre. Pero junto al
recorrido que hace Luo, la cámara también va moviéndose, siempre de forma pausada,
rítmica, contemplativa. El movimiento de cámara no es arbitrario en el cine de este
director, tiene un sentido filosófico, además de estético. Tanto el travelling como el
plano secuencia invitan al espectador a viajar también.

El título del filme recién aparece a la mitad del metraje, cuando Luo se encuentra en
una sala de cine. Esto da la sensación de que tanto el espectador como el protagonista
estuvieran viendo la misma proyección. Esta segunda parte del filme, constituida por un

solo plano secuencia de una hora, va a desarrollarse en un solo tiempo, pero el espacio
es dudoso: ¿se trata de un sueño, en cuyo caso sería un espacio psicológico; o es
realmente un espacio físico real?

Sea como se interprete no importa realmente. La posibilidad de que sea cualquiera es lo
seductor. El plano secuencia funciona como un eje conductor de la historia, está al
servicio de esta y del espectador (originalmente está filmado en 3D), para que ambos
confluyan en el mismo universo. Este recurso técnico no es un simple alarde de
virtuosismo, sino que, en un sentido tarkovskiano, lo visual, el ritmo y el sonido se
funden en la imagen, para configurar un todo, y este atraviesa el argumento, lo
potencia estéticamente y se configura en un significado cuando el espectador se
involucra en el filme. Por ello, el tiempo es esencial en el plano secuencia, ya que, por
esos 55 minutos, tanto los personajes, la obra en sí, como el espectador viven en un solo
presente continuo.


La ambigüedad solo facilita el sentido de inmersión en lo onírico, el sentimiento de
ensoñación que ya no solo es del protagonista, sino que también lo es en el espectador.
Toda la secuencia tiene la gracia de un ballet y la capacidad evocadora del sueño. Como
tal, es mejor no tratar de encontrar una respuesta, la lógica afecta la experiencia; no
importa si Wan Qiwen se parece a Kaizhen (son interpretadas por la misma actriz), si es
posible volar, si se trataba de un sueño o un recuerdo o ninguna de las dos; lo mejor es
adentrarse en ese insólito viaje, recorrer ese pueblo iluminado con luces neón, donde
los vecinos se reúnen a escucharse cantar en karaoke, en el que los caballos transportan
manzanas y las casas giran.

País: China-Francia
Año: 2018
Título original: Di qiu zui hou de ye wan
Dirección: Bi Gan

Etiquetas: 
7CRFIC, Crítica