La melancolía nutre el absurdismo de Toni Erdmann

Por Alonso Aguilar del Laboratorio de crítica y periodismo cinematográfico CRFIC16

¿Qué hace la distinción entre lo trágico y lo cómico? Usualmente esta pregunta se responde a partir de aspectos como la intención o el tratamiento, pero estas líneas divisorias se difuminan cuando una obra apela de forma simultánea a distintos planos emocionales. Toni Erdmann es este tipo de obra, y su efectividad a la hora de yuxtaponer delirio con añoranza expone la naturaleza indivisible de estos elementos.

El filme introduce a Winfried (Peter Simonischek), un hombre divorciado de tercera edad cuyo particular sentido del humor aliena a aquellos con los que se relaciona. Al enfrentarse a la soledad, decide irrumpir en la vida de su única hija, Inés (Sandra Hüller), quien pasa sus días consumida por itinerarios metódicos y las imponentes expectativas del mundo corporativo.

Las constantes confrontaciones y el contraste de filosofías entre personajes se torna rápidamente en un “estira y encoge” de humillación e incomodidad, elementos que el filme explota con su seca sensibilidad cómica. Si bien estas situaciones absurdas conforman gran parte de la estructura episódica de la narrativa, un trasfondo menos jovial yace en los momentos más contemplativos. Tanto la mirada perdida de Winfried luego de escuchar a su hija cantar a Whitney Houston, como el sutil sollozo de Inés ahogado por la música electrónica bailable, muestran la resonancia y la carga de significado que pueden tener esos instantes que suelen pasar desapercibidos en el día a día de las personas.

Este concepto del sentimiento cotidiano es también esencial para hacer efectivo el absurdismo en los momentos más hilarantes de la cinta, y esto viene desde la construcción estética del filme. La cámara en mano y la composición espacial de los encuadres se convierten en un elemento más de la comedia, mientras que el montaje pausado deja que las tomas se extiendan y el valor de cada acción tome una nueva dimensión.

Toni Erdmann no es la primera ni será la última película en lograr la convivencia entre carcajadas y suspiros de añoranza, pero la forma en que la directora Marian Ade se toma su tiempo para caracterizar lo entrañable y lo mundano del recorrido, le da profundidad al enfoque en esos pequeños momentos.