Entrevista a Anais Taracena, directora de El silencio del Topo

“Es importante tratar de entender cómo funciona el aparato de represión, porque estos sistemas siguen hasta la fecha aprendidos de la guerra”

La directora guatemalteca Anais Taracena estuvo de visita en Costa Rica para presentar el documental El silencio del Topo, que participó en la Competencia centroamericana y caribeña de largometraje de la novena edición del CRFIC.

Los archivos audiovisuales que fueron trasegados, protegidos y vieron la luz en su documental reclaman la restitución de la memoria y son vitales para reconstruir la historia contemporánea guatemalteca, soterrada en la madriguera de topos como Elías Barahona.

Taracena escarbó e iluminó con su documental una parte de esa tierra oscurecida y ensangrentada por la violencia de Estado en Guatemala, por las masacres de un Estado represivo que sembró el terror durante los años de la guerra en su país natal. 

En su película, las partículas en movimiento del espectro de luz que emanan de un proyector, simbolizan la verdad que penetra en las fisuras.

La investigación histórica, sólidamente minuciosa, nos quita la venda y como espectadores ya no podemos fingir ceguera. Mientras los hechos y el recuerdo hablan, las imágenes contundentes y la narración subjetivada de Taracena reconstruyen, aún cuando sea de manera fragmentada, esa realidad sobre la represión urbana guatemalteca develada, cual si fuera una cinta de celuloide.   

El CRFIC conversó con Taracena una tarde de jueves en un cafecito de Barrio Amón. La mascarilla resaltó la diafanidad verde de sus ojos. 

Ella vivió en Costa Rica a lo largo de 11 años y aún se siente en casa.  

 

Estuviste mucho tiempo fuera de Guatemala, volviste y ahora tenés como ocho años de vivir allá. ¿Cómo fue no estar y volver, cómo fue ese proceso de retomar? 
    
Yo siento que más que volver, fue siempre no estar, porque yo realmente no crecí en Guatemala; yo crecí entre Francia, México y Costa Rica, y visité Guatemala en ese lapso. Sabía que mi abuela vivía en Guatemala, mi papá era de Guatemala y no podía volver. De hecho, la primera vez que conocí Guatemala yo no fui con mi papá porque él no podía volver pero mi abuela quería vernos. Era siempre ese contacto con Guatemala a esa edad sin entender por qué no podía volver y su explicación siempre era: no, los militares. 

En el 1995 antes de que se firmara la Paz había un programa que permitió devolverse a personas refugiadas, exiliadas, desplazadas. Entonces mi papá vuelve a vivir en Guatemala y nosotros vamos a verlo. En el 95, mi familia vuelve a Guatemala. Ir a Guatemala era ir a ver a mi papá, a mis primas, a mi abuela;  estar en la firma de los Acuerdos de Paz en 1996. La relación con Guatemala fue de esa forma durante mi infancia y adolescencia, fue como que yo sabía que tenía familia ahí y tenía ahí raíces pero no me socialicé como guatemalteca, más bien me socialicé más como costarricense. Yo volvía cada cierto tiempo y de adolescente me gustaba, pero me sentía asfixiada porque no se podía salir, no se podía agarrar el bus, y aquí en Costa Rica yo hacía y deshacía desde muy chiquita de una forma muy independiente. Por otro lado Guatemala significaba familia y otro montón de cosas que a mí me gustaban mucho. 

Entonces sí, yo iba recurrentemente y recuerdo una vez que fui y me quedé como tres o cuatro meses y dije sí me gustaría pasar unos años en Guatemala, no sabía qué tantos hasta que decidí como a mis 27 años instalarme y me quedé viviendo hasta ahora.  

 

¿Cómo sentiste esa “instalación”? 

Al principio yo no sabía que me iba a quedar tanto tiempo, pero me fui quedando por proyectos como el de El Silencio del Topo, que me llevó 6 años hacerlo. 

 

¿Y esa sensación que sentís de asfixia al irte a Guatemala sigue? 

Ya no es como cuando era adolescente. Antes yo ni loca me iba a ir a vivir a Guatemala, mi hermana sí. Además por el machismo...

 

¿Sentís el machismo más fuerte en Guatemala que aquí en Costa Rica? 

¡Ahh sí! En niveles elevados. Aquí yo veo a mis amigas y digo: “ay, las chicas están tan liberadas y felices”, es impresionante. Costa Rica es una tierra de chicas, o sea, aquí las que están volando son las mujeres. Cada vez que vengo me doy más cuenta de eso. 

 

Volviendo a tu película, ¿cómo nace la idea de hacerla? 

La primera vez que filmé para hacer un video fue al hermano de Elías que se llama David. Yo viví en Francia donde estudié Ciencias Políticas. Ahí me juntaba con guatemaltecos exiliados, muchos de ellos de la generación de mi padre que me habían conocido chiquita. David siempre me hablaba de su hermano Elías que se había infiltrado en el gobierno y tenía una historia increíble. Me pasó unas memorias tipo novela ficcionada, como 500 ejemplares habrá sacado, la leí y me encantó. 

Un año después, en búsqueda de archivos para otro proyecto documental, conocí a un italiano que había filmado en Guatemala. Cuando vio que yo había filmado a David, me dijo que tenía unas imágenes de Elías, pues lo había filmado en 1982 o 1983 en Madrid, cuando Elías había salido de Guatemala y estaba denunciando. Me dio un VHS que no sabía ni dónde verlo. Yo iba a hacer un viaje a Guatemala y ya Elías sabía de mí porque David le había hablado, entonces fui a Guatemala y conocí a Elías. Le llevé la cinta y la digitalizamos en la Cinemateca y ahí fue la gran emoción, porque Elías nunca había visto estas imágenes y empezamos a hacer amistad. Él siempre me decía que me agradecía mucho haber filmado a su hermano, porque David murió dos años después de que lo filmara, decía que mantuve la memoria de su hermano. 

Entonces le propuse a Elías filmarlo y me dijo que sí. Conocí a sus hijas y una de ellas salió en el documental. Luego Elías me dijo que se sentía mal, que se estaba desmayando, pues era diabético y tenía un problema neurológico; además, le habían encontrado algo en el estómago. Entonces me invitó a que lo filmara durante el juicio de la quema de la Embajada de España, porque él iba a dar su testimonio. 
 

¿Qué pasó con vos cuando descubriste esta historia? ¿Qué impacto, qué resonancia tuvo en vos? 

Me fue impactando aún más la historia que fui descubriendo luego de la muerte de Elías. Aprendí más detalles conforme fui investigando y leyendo. Me parecía muy impresionante, porque yo era consciente, de cierta forma, del tema de la memoria en Guatemala, y también porque quería trabajar algo relacionado con la guerra y con la violencia de Estado, más específicamente. A mí me interesa mucho la represión política en la ciudad, porque es algo de lo que se habla muy poco. Aunque fue selectiva, fue masiva y sentía que casi no se hablaba de eso. Era una realidad muy cercana a mí y a las personas de Guatemala que conocía y habían estado en el exilio. 

Elías se infiltra en el momento de la represión más fuerte en la ciudad y huye en el 1980, cuando se dieron las masacres en comunidades indígenas, que termina siendo un genocidio para la población maya e ixil, en dónde yo creo  -no tengo las cifras exactas-, mataron como al 20% o 30% de la población en una zona específica. Todo eso está ligado y se cuenta como dos cosas aparte; yo quería ver qué vínculo histórico había entre lo vivido en lo rural y lo urbano.  

Me parecía muy interesante la gente que de una u otra forma colaboró. Elías no tomó las armas como tal, pero siendo periodista colaboró con una organización revolucionaria; o sea, arriesgando su vida y pasando información de cómo era la estrategia por parte de la policía o el gobierno, y tratando de salvar gente. El también usó este tipo de información para luego denunciar la violación de derechos humanos. Es importante tratar de entender cómo se cubren las espaldas y cómo funciona el aparato de represión, porque estos sistemas siguen hasta la fecha aprendidos de la guerra, no tan violentos pero con mecanismos de intimidación, técnicas de criminalización. Las tienen y siguen funcionando. 

 

¿Las nuevas generaciones tienen alguna noción de lo sucedido? 

En el colegio se estudiaba como conflicto armado interno, no como guerra, pero muchas escuelas no hablan y muchos profesores o no conocían o prefieren no hablar del tema por miedo. 

A nivel oficial, de repente los periódicos sacan artículos y hay una gran parte de la sociedad civil que lo está hablando, pero abres un libro de historia y casi no se menciona y aunque les piden a los profesores que lo enseñen les da miedo porque es muy polémico y dividió a todo el país. ¿Cómo explicas la guerra? Se menciona, por ejemplo, que el Estado reaccionó así y se protegió porque hubo unos guerrilleros que querían matar gente. Siempre desde el discurso de que el Estado tenía que defender la patria y la soberanía y nunca entender las causas ni las razones. Cuando se habla de esto a nivel masivo, a nivel nacional y en las escuelas, esa es la respuesta usual. 

Hay familias muy divididas, con diferentes puntos de vista. En muchas de ellas había familiares militares y en los pueblos había patrullas de acción ciudadana, armaban a civiles y les obligaban a matar personas. 

 

¿Por qué crees que pase que muchas personas ocultan su pasado de guerrillero? ¿Cuál es la psicología detrás de esto? 

Yo creo que en Guatemala aunque se haya firmado la Paz, la represión fue brutal. Firmaron porque habían grupos resistiendo y por presión internacional. El movimiento revolucionario no ganó, tuvo demasiado muertos. Eso por un lado, por otro, como la Paz se firma no vas a reivindicar las armas, no es políticamente correcto. Guatemala es profundamente anti comunista y el comunismo es cualquier cosa: ONG’s, ambientalistas, feministas, o sea todo. 

Sigue habiendo cierta criminalización de las personas que tomaron las armas, y se sigue queriendo aludir a la división de la sociedad en mitades por igual. Guatemala nunca fue mitad y mitad. Entonces creo que hay un miedo, un miedo heredado. Una desconfianza también. 

 

¿Cómo le hiciste esa entrevista tan íntima a Elías?

Haber podido llegar y filmar así (en su habitación), fue porque fui muchas veces a su casa  y varias veces nos juntamos a comer, ya conocía a sus hijas. Y creo que Elías en el fondo, a partir de sus memorias, tenía esa gana de que se conociera su historia. Él sabía que eso tenía que quedar y él sabía que yo estaba interesada en contar su historia. 

Elías ya se estaba poniendo enfermo y quería que yo filmara como testigo, era dejar un registro más. 

Hay pocas mujeres en el documental, y una de ellas sos vos, que con tu voz narrativa provocás un contraste frente a imágenes opresivas.

Es una historia de hombres contada por mí, pero contada por hombres. Yo quería que hubiera más mujeres pero no se pudo. Hubo una mujer muy importante, parte de la organización revolucionaria, pero me dijo que no podía hablar de su relación con el Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP), porque tenían estigmatizada a toda su familia.

En relación con las tomas más metafóricas, ese tratamiento -para mí- se convirtió en la importancia de los archivos que contienen esa memoria, que puede ser manipulada, desaparecida, quemada.

Yo decidí, conforme fui investigando, usar esos archivos como imágenes, con sus texturas, su materialidad, pero me impresionó mucho lo difícil que fue encontrar imágenes, porque  habían sacado y manipulado algunas de ciertas fechas específicas. No había imágenes de noticieros, porque pueden ser pruebas para los juicios y no les sirve para nada. De los setentas y ochenta no tienen casi nada. 

El italiano que tenía imágenes y había filmado a Elías, también tenía unas grabaciones de los años setenta que él utilizó en un documental y que yo también uso; me dijo que eran de un sindicalista exiliado para denunciar. La única manera de mantenerlas era sacarlas de Guatemala. 

Pamela Yates, al ser cineasta estadounidense logró entrar y sacar de forma clandestina las cintas y me contó que varios videos donde se ve un Jeep del escuadrón de la muerte y se llevan a alguien, se las pasó alguien para que de forma solidaria las guardara. Muchos eran periodistas o militantes que lograron las cintas y luego a correr. Casi todo salía por la frontera de México de manera clandestina y se esparcía por comités de solidaridad. 

Yo quería hablar de esa materialidad, porque muchas imágenes fueron arrasadas o destruidas por las mismas personas por miedo. Eso me parecía interesante porque es lo que hace la guerra, la guerra quita vidas pero también elimina imágenes y memoria. Quería hacer una metáfora y mostrar que por más que hayan querido eliminar, siempre hay algo que sobrevive y algo que pudo escabullirse y esa forma de mantener vivas esas imágenes también es una forma de resistencia. Muchas de las fotos no tienen autoría porque justamente querían mantenerse anónimamente. 

Pusiste el foco ahí y mediante un trabajo muy persistente integraste esos fragmentos y lograste dar una coherencia dramatúrgica.

Al inicio no iba a poner mi voz en off pero como eran tantos fragmentos tenían que integrarse. Luego me sentí más cómoda con la voz en off en el sentido de que era mi interpretación y mi subjetividad. Por lo menos se entiende que es mi punto de vista y que yo fui la que quiso esto. Mi intención fue exponer una posición política muy clara, ya que aún cuando los que entrevisté son personas abiertas, de derechos humanos, algunos de izquierda, la posición de lo que se está contando es la mía; eso lo tenía que asumir.